InakiLancelot
  La mano invisible
 

DRAMATURGIA DEL TRABAJO 

«La mano invisible»
Director: David Macián
Nacionalidad: España
Intérpretes: Josean Bengoetxea, Bárbara Santacruz, Daniel Pérez Prada, Esther Ortega, José Luis Torrijo, José Luis Callejo, Bruto Pomeroy, Edu Ferrés, Elisabet Gelabert, Christen Joulin, Marta Larralde, Alberto Velasco, Anahí Beholi
Estreno: 28/4/17

La primera película de Carlos Iglesias, «Un Franco, catorce pesetas», cambiaba el punto de vista dominante en aquel momento en una España que se sentía país receptor de migrantes. De soslayo, como sin quererlo, describía con gran exactitud el ambiente laboral español en la década de los sesenta.

Viene al caso la referencia anterior porque no recuerdo cinta española que haya reflejado el mismo asunto en un contexto actual hasta la llegada de «La mano invisible». Al menos, no con la vocación tan amplia como la de la primera película de David Macián, quien no se centra en mineros o astilleros en lucha frente al paro, sino que abarca todas las facetas desde el acceso (o no) a un puesto de trabajo hasta su pérdida. Sí, pérdida, porque no sucede aquí ninguna trayectoria que llegue a la jubilación.

Al fondo se sitúa, en esta obra basada en la novela homónima de Isaac Rosa, ese extraño concepto de la división del trabajo. La dirección imparte órdenes según criterios opacos y se mantiene en todo momento inaccesible, fuera de campo. Como protagonistas, encontramos media docena de laborantes acostumbrados a esperar y ejecutar mandatos. Definidos por la teoría laboral como no cualificados: carnicero, albañil, montador de automoción, encuestadora, cosedora y limpiadora. La pregunta que flota en el ambiente es ¿cómo puede definirse democrática una sociedad en la que una persona se encuentra sometida durante al menos cuarenta horas semanales a tales circunstancias? ¿Cómo, si las consecuencias para la vida personal van mucho más allá del horario puramente laboral?

El relato detalla con especial esmero las pruebas de selección, las entrevistas de trabajo. Y aquí destaca la actuación de Marta Larralde, con una permanente mueca de asco y un desprecio apenas contenido, una implicación personal nula y unas dotes excelentes para escarbar en los puntos débiles.

Lo que consigue Macián es plasmar aspectos negativos de nuestro día a día profesional, en los que quizá uno no haya reparado antes, y que contemplado ahora no puede sino aceptar como ciertos: individualismo, presión sobre otros compañeros para delegarles parte de la propia tarea, control excesivo hacia el personal subalterno, necesidad de mantener el puesto de trabajo casi en cualquier condición, … También competitividad entre trabajadores, en el único momento de la función con cierto toque cómico.

El enfoque de la obra, que recuerda al teatro del absurdo, consigue contagiar la sensación de incoherencia al propio concepto de trabajo. Así las decisiones relacionadas con la idea de la mejora continua parecen responder a partes iguales al capricho y a la mera crueldad. Configurando una visión muy negativa, en la que un personaje llega a afirmar “No he conocido ningún trabajo digno”.

El film tiene una estructura característica propia y personal. El argumento avanza y fluye como en la escena teatral. Transmite mucho más allá de lo que se ve en primer plano. Crea una sensación, recrea el ambiente que quiere denunciar. Y lo hace a partir de un planteamiento muy valiente, que podría haber naufragado y sin embargo, alcanza su objetivo exitosamente.

La paradoja final es que esta historia que habla de órganos de decisión inalcanzables y diálogo inexistente se define como una película cooperativa, que ha salido adelante gracias al micromecenazgo, con la participación de la HOAC como productora asociada. El drama del trabajo.

Inaki Lancelot

 
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