InakiLancelot
  Jimmy's hall
 
LÍRICA INSUMISIÓN

«Jimmy’s hall»
Director: K. Loach
Nacionalidad: Británica
Intérpretes: Barry Ward, Simone Kirby, Andrew Scott
Estreno: 21 de noviembre

A sus 78 años de edad, y tras 23 largometrajes en los que ha recorrido el mundo entero denunciando diferentes caminos de opresión, nos anuncian que esta será, probablemente, la última película del gran Ken Loach.

Para la ocasión, el nacido británico ha regresado a la verde Irlanda, situando la acción en el año 1932, once después de la independencia y diez después de su guerra civil. El histórico Eamon de Valera acaba de llegar al poder, que detentó hasta 1973, en el que lleva ya cinco años el partido Fianna Fail, que lo retuvo hasta la crisis de 2011.

Establecido el contexto histórico de posguerra, Loach relata a través del guión de Paul Laverty la historia de un pequeño héroe, un contestatario con ansias de emancipación en el condado de Leitrim, que figura en la bibliografía como el único irlandés deportado en la historia de su país.

El local de Jimmy al que alude el título es una suerte de institución libre de enseñanza en entorno rural, autogestionado, cuyas disciplinas de estudio abarcan el dibujo artístico, la lectura de Yeats, el baile al son del jazz entonado por un pick up y… el boxeo. Toda una afrenta al poder detentado por los terratenientes y personalizado en la cinta en la figura de un clérigo aterrador.

El enfoque dado por Loach no responde a la lógica documental, sino a una relectura de la época desde la crisis actual, buscando elementos comunes que invitan a la reflexión. Así, la primera secuencia del film muestra en blanco y negro interminables columnas humanas en Manhattan formadas, obviamente, por desempleados víctimas del crack del 29. Entre ellos destaca la figura de un hombre portando un cartel en el que puede leerse “Parado, aceptaría cualquier trabajo”.

En «Jimmy’s hall», Loach ha tomado partido y señalado cuál es su posición. En consonancia, la primera imagen del metraje recuerda a una fotografía emblemática del movimiento obrero, el retrato de los peones de la construcción del gran rascacielos tomando el bocadillo, encaramados a lo alto de una viga, exentos de ningún elemento de seguridad.

Los malos, aquí, lo son de solemnidad, sin medias tintas. No se trata de ser realista, sino de denunciar. Y para ello incluye en el metraje multitud de escenas asamblearias, que discutirán sobre la conveniencia de ser fieles a los principios o adoptar un talante más negociador. Sobre la fidelidad de los líderes políticos de la independencia a quienes los encumbraron o sobre la posibilidad de que utilizaran el nacionalismo como catapulta personal.

Pero Loach se ha concedido esta vez un toque lírico, un enfoque hermoso de un amor imposible a ritmo de baile irlandés que encandila. Un oasis de afecto en la vida de un líder irredento frente al empobrecimiento general, los desahucios, la codicia y la especulación.

En su trayectoria, Ken Loach ha hecho posible el cine social y de denuncia, el que no es útil al poder porque no tranquiliza sino que remueve. Ha mostrado una fidelidad a sus valores y una capacidad de transmisión que han recibido gran seguimiento en el aforo. Ha abierto camino a nuevos directores que seguirán poblando nuestras páginas. Será una forma más de agradecimiento a este director. Nuestro merecido homenaje.

Inaki Lancelot

 
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